Hoy nos hemos levantado un poco más tarde para eliminar por fin todo el cansancio acumulado y recuperar las energías. Es hoy uno de esos días que más esperaba de este viaje, de las cosas que más atraía mi atención y tentaba a la curiosidad: visitar un campo de concentración nazi. En este caso, el Auschwitz I.
El día desde luego estaba en consonancia con este momento: nublado, lloviendo a ratos, viento...El campo se encuentra a una hora en tren desde Cracovia, en Oświęcim, y una vez en la estación, son unos 15-20 minutos andando. No tiene pérdida, ya te lo van indicando desde allí (aunque fuimos un poco novatillas y compramos un minimapa en un kiosko de la estación...pero bueno, el pobre niño se quedó contento). Durante esa hora en tren una se va imaginando qué es lo que se va a encontrar allí, pasan por la mente miles de imágenes, de datos históricos, te preguntas quién era realmente Hitler y toda esa pandilla de degenerados. Te acuerdas de documentales sobre la II Guerra Mundial, de todas las cosas que has leído sobre el Holocausto, y el simple hecho de pensar en esas bárbaras atrocidades te pone los pelos de punta. Pues bien, todo esto no se acerca ni de lejos a la sensación de estar pisando un mismísimo campo de concentración. Esa sensación de horror que uno intuye se multiplica por cinco cuando te encuentras ante la entrada de aquel sitio, cuando uno por fin se da cuenta que aquello fue real, que lo puedes ver, puedes palparlo, puedes sentirlo. Y pensar que ese miedo que se te entra en el cuerpo es sólo un atisbo de lo que tuvo que sufrir aquella gente...
Ya en la puerta de la entrada se puede leer, en letras bien grandes y de hierro, Arbeit macht frei (el trabajo os hará libres), frase irónica donde las haya. En fin, allí podréis ver cómo eran las cámaras de gas, donde apiñaban a los presos desnudos para asesinarlos con Zyklon B (el gas que introducían por una rendija en el techo). Justo al lado hay una sala con dos crematorios, donde luego quemaban los cadáveres. Algunos de los bloques se han reconvertido en pequeños museos; uno dedicado a los niños (se puede ver una montaña gigante de los juguetes, zapatos y demás posesiones que les quitaban en cuanto llegaban al campo), a las mujeres (una vitrina gigante donde se muestran los cabellos rapados de las mujeres y que utilizaban para fabricar telas), a los hombres (todo un pasillo plagado de las fotos que les hacían al llegar). Por otro lado se encuentra la pared de fusilamientos, y justo al lado las salas donde dejaban a los presos lavarse para los últimos minutos de sus vidas, y desde donde podían oír perfectamente el desgarrador sonido de los disparos fusilando al turno anterior. En ese mismo bloque se encuentran los calabozos de tortura, cada uno diseñado para un fin en concreto (muerte por hambre y sed, por asfixia, de sueño y cansancio...).
Este campo de concentración llegó un día que se les quedó pequeño, por lo que construyeron (los presos, por supuesto...) el Auschwitz II, o Auschwitz-Birkenau, a 2 km. Los crematorios ya no eran útiles, ya que se tardaba bastante en incinerar un cadáver y no daban abastos para los cientos de asesinatos que podían cometer al día. Solución: abrir una zanja, tirarlos allí como perros y quemarlos a todos a la vez, trabajo que tenía que hacer un preso. Luego se echaba tierra por encima y allí no había pasado nada.
Toda esta pesadilla comenzó, sutilmente, obligando a los judíos a llevar una banda con la estrella judía alrededor del brazo para que fueran identificados. Luego poco a poco se les iba trasladando a los guettos, sus propios barrios, para que fueran apartados. Más tarde vendría lo que nadie podría imaginar: el traslado a los campos. Se les transportaba en un tren o un camión durante horas, todos agolpados sin poder sentarse, ni comer, ni beber, con apenas una rendija por la que entraba aire. Consecuencia: muchos morían durante el camino. Una vez allí pasaban al proceso de selección: personas ancianas, enfermos y bebés directamente a la cámara de gas (eran inservibles y no merecían vivir); a las mujeres embarazadas se les permitía tener el niño para luego matarlo, o directamente las llevaban a las cámara de gas; los niños rubios con ojos azules eran los "afortunados", pues gracias a su apariencia aria, se les llevaba a escuelas donde poder lavarle el cerebro y convertirlos en uno de ellos. Los hombres sanos y fuertes tenían que construir los mismos campos de concentración, haciendo trabajos pesados durante más de 15 horas, alimentándose sólo con un vaso de agua y un trozo de pan al día. Como es lógico, estos hombres no tardarían mucho en enfermar, así que ya se convertían en seres inservibles, y ya se sabe qué pasaba con ellos...Pero qué más da, si podían seguir trayendo a más presos...
En fin, aquí lo dejo. No creo que exista capacidad humana para poder entender qué pasaba por la cabeza de estos nazis enfermos mentales para los que no existen calificativos. Teníamos pensado visitar el segundo campo, pero con el primero tuvimos suficiente. No añado ninguna foto de este día.
Qué sobrecogedor este apartado de tu blog, ya con la introducción pones los pelos de punta. Desde luego es uno de los sitios únicos del mundo para visitar y sobre el qué hablar. Qué horror. Si desde mi casa leyendo ya se me ha cortao el cuerpo, no me imagino cómo tuvo que ser vuestro día.
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