Praga, capital de la República Checa, capital de Bohemia, la ciudad dorada, la ciudad de las cien torres, la ciudad europea de la cultura año 2000, Patrimonio de la UNESCO, el corazón de Europa...Éstos son sólo algunos de los calificativos que caracterizan a esta maravillosa ciudad, en la que pasear por su casco antiguo es como hacerlo por un museo, una curiosa mezcla de estilos arquitectónicos y épocas, que mire dónde se mire no hay ni un sólo edificio moderno que rompa con esta armonía. Pero, aunque nuestro plan era ver primero Praga, decidimos dejarlo para la tarde y aprovechar la mañana para ir a Kutna Hora, un antiguo pueblo minero a las afueras, a hora y media en tren. Dejamos la capital de momento.
Kutna Hora no puede faltar en vuestro itinerario si pensáis viajar por la República Checa. Es otro de los lugare
s protegidos por la Unesco como otros tanto que nos ofrece este singular país. La estación de tren está a unos 3 km del pueblo, pero de camino se encuentra el curioso osario de Sedlec, tan macabro y escalofriante...y tan pequeñito. Es un osario cuyo interior está todo decorado con más de 40.000 huesos humanos, víctimas de la guerra de los Treinta Años. Como el cementerio se les quedaba pequeño, los huesos se empezaban a acumular, hasta que alguien tuvo un chispazo y dijo: "¿Por qué no hacer una lamparita con este fémur y esta cabecita?". Y ese fue el resultado, tal y como aparece en la foto. El osario es bastante pequeño, pero curioso como él mismo (paraíso orgásmico para góticos y heavies). Hay que pagar para entrar, poquita cosa, pero uno se puede hacer un poco el tonto entre la gente...(si una va entrando para dentro y nadie le dice nada...no pasa ná, ¿no?).
Después de esta experiencia onírica, volvimos por la tarde a Praga, donde ya por fin empezamos a contemplar sus reliquias. Con tanto paseo de aquí para allá, entre plazas y barrios judíos, e intentar hacernos una foto en condiciones en el famosísimo puente de Carlos, abarrotado de turistas, esperar a una hora en punto para ver el reloj astronómico en la plaza de la Ciudad Vieja -por supuesto, abarrotado de turistas...- ya se nos hizo de noche, con la subsecuente jama que teníamos ya, que las tripas rugían. Así que fuimos a un restaurante recomendado por la guía que teníamos (Karavella, en la calle Michalská, muy cerca de la plaza de la Ciudad Vieja), bastante baratito, comida típicamente checa y abundante y pintas de rica cervecita checa a precios irrisorios (recordemos que esto fue en el 2006). El decorado de la entrada es una calavera (pero esta vez de mentira...). Después del suculento manjar, un último paseo por Praga de noche para rebajar la cena, por el río y el puente de nuevo...sin duda la mejor forma de acabar el día.



¡Qué gore lo de los huesos! Uag.
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