El tren a Brno (está bien escrito...a saber cómo se pronuncia eso) tardaba dos horas, en las que disfrutamos de un bonito atardecer. Al llegar allí, teníamos que esperar hasta las 02.30 de la madrugada para coger de nuevo otro tren dirección Telč. Hasta entonces bien...nos dimos una vuelta por Brno (no hay mucho que ver, pero la catedral y la fuente barroca de la plaza son bonitas), cenamos en un KFC, donde inesperadamente empezó a sonar ese maravilloso tema de reggeton digno de un Grammy por lo menos, "la gasolina"...En fin, cosas más absurdas y surrealistas se han visto.
Como el tren no salía hasta tarde, intentamos echarnos una cabezadita en una sala que había en la estación, pero no había manera. Entre la gran comodidad de los asientos y la neura de no querer perder el tren...Y una vez en el tren por fin, cuál fue nuestra sorpresa que no era directo, sino que teníamos que hacer 3 cambios, por lo que las posibilidades de dormir algo esa noche ya eran nulas. Primer cambio: 04.00 de la madrugada en una estación lúgubre, esperando un tren que resultó ser un autobús sacado de la guerra, a punto de desintegrarse, con un conductor sentado en un asiento que cada vez que pillaba un bache parecía que iba a salir volando, y que llegó con retraso a una estación donde teníamos que coger otro tren. Al menos no nos cobraron nada y las vistas al amanecer, pasando por pueblecitos y campo, merecieron la pena. Allí cogimos el susodicho tren, llegando a lo que bautizamos como la famosa Estación de la Muerte. ¿Por qué? Porque nos bajamos allí, donde se supone que nos habían dicho, solas, a las 6 de la mañana ya...ni un alma, ni un tren, ni un nada de nada, perdidas en vete tú a saber dónde, mirando para un lado, para otro... Por lo menos ya era de día, si no menudo canguele. Al ratito salió un hombre de la casetilla, las dos preparadas ya sacando las uñas o lo primero que tuviéramos a mano (quién sabe los degenerados que te puedes encontrar por el camino...). Se acercó hablándonos en checo, nosotras en español/inglés. Nada, conversación de besugos. Al final conseguimos entendernos señalándole en un tablón dónde queríamos ir. Resulta que el tren para Telč no llegaba hasta dentro de dos horas, y el buen hombre nos señaló unos banquitos para que nos sentáramos allí a dormir mientras. Y eso intentamos hacer, con un ojo cerrado y el otro abierto, con todo el sol dando en la cara, con los pelos revueltos, las ojeras...recién sacaítas de un vertedero.
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| fuente barroca en Brno |
¡Al fin! después de no haber dormido nada, llegó el esperado tren...un tren que sólo era un ridículo vagón, pero con gente, ¡turistas! Jamás en la vida me alegré tanto de ver a turistas, señal de que íbamos bien hacia nuestro destino. A pesar de aquella cara de interrogación, a la par que de tontas, que se nos quedó por ver cómo aquellos venían tan campantes y frescos sin haber pasado el calvario que pasamos nosotras, llegamos a Telč con ganas y animadas (eso sí, lo primero que hicimos al llegar fue acercarnos a la ventanilla de la estación para asegurarnos de la ruta para Praga...). Telč es Patrimonio de la Humanidad, y no es de extrañar porque la arquitectura y estructura de sus calles y edificios es digna de ver. Un pueblecito sacado de una película de Disney.
El paseo, junto al sol y el cansancio, nos dio hambre. A las 11 de la mañana nos estábamos metiendo unas cacho de pizzas pal cuerpo, muy baratitas, y después de eso, una siestecita en unos jardines, entre sauces, al lado de un río y con un castillo renacentista en frente. La noche sin dormir mereció la pena.
No pudimos echar mucho más tiempo allí, ya que dependíamos de los horarios de los trenes. Nuestro siguiente destino sería Praga, donde llegaríamos ya por la noche. Desgraciadamente tuvimos que volver a pasar por la Estación de la Muerte, pero por lo menos ya tenía vida y parecía otra cosa.
En el supuesto tren hacia Praga, gracias a un amable señorito, nos percatamos de que íbamos en dirección contraria, de vuelta a Brno. Menos mal que lo primero que hicimos fue asegurarnos precisamente de eso en la taquilla...No sé ya si ineficiencia checa o empane nuestro. Así que ¡cuidadín con los trenes checos! Por lo menos nos encontramos un queso en el tren. El destino quiso que nos equivocáramos para encontrarnos un queso de camembert que nos supo a gloria (el queso estaba sin abrir ¡eh!...que una cosa es tener hambre y otra hacer gorrinadas).
Poco después nos encontrábamos por fin camino a Praga, en un tren Eurocity, un tren rápido, moderno, con personal amable y en el que no nos cobraron ningún suplemento. No sé cómo, pero al final siempre todo salía bien y llegábamos a los sitios según la hora prevista. Llegamos ya tarde, nos alojamos en Chilli Hostel (no se podía pagar con tarjeta, tuvimos que ir a un cajero para sacar efectivo), que no estaba mal...incluía el desayuno, que no es que fuera para tirar cohetes, pero algo es algo ("le dijo un pelo a un calvo"). Un edificio antiguo, pero a mí ese rollo me gusta. Esa noche dormimos como bebés :)



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