Pues en pie a las 5.00 para coger el tren que nos llevará a Mostar, porque es el único horario que nos viene bien. Ya de hecho la idea de visitar las cataratas de Kravica (que tenían muy buena pinta) se nos viene abajo por mala combinación de transportes, pero por lo menos el camino nos deleita con bonitos paisajes, como ya veíamos venir desde ayer. Se viene con nosotras a la ida nuestra compañera de habitación neoyorquina.
Mostar es uno de los destinos turísticos más importantes del país, siendo su mayor interés el Stari Most (el puente viejo). La ciudad fue acribillada durante la guerra, dejando el puente destruido y cuya reconstrucción la empezaron no mucho antes de llegar nosotras para verlo. Está declarado Patrimonio de la Humanidad. No es nada del otro mundo, pero es un emplazamiento bonito y tranquilo. Aparte de sus calles de piedra y artesanía, poco más pueden promocionar por aquí, así que explotan el puente al máximo. Tanto, que ponen tiarrones de cuerpos serranos en bañador de slip rojo para que salten del puente al río y así echarles una monedita (tampoco nos vamos a quejar...).
Nos tomamos el día de relax, que esta noche toca otra vez pasarla en el tren (que no es directo). Nos vamos a almorzar a un restaurante en el camino de vuelta a la estación, donde hombres mellados te chapurrean en español lo que saben. Volvemos a Sarajevo y nos despedimos de Bosnia echando horas muertas en la estación (bebiendo batidos calientes caseros y donde unos niños intentaban vendernos perfumes que decían que no eran de imitación....¡ja, ja! criatura inocente...). Repetimos Croacia, esta vez la capital, subiendo ya de camino hacia Bratislava, nuestro punto de inicio y final de este viaje.


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