A las 7 de la mañana ya estábamos en planta. Esta vez disfrutando del amanecer de la costa dálmata y de los paisajes que durante la noche no se pueden ver. La costa está formada por multitud de pequeñas islas y pueblecitos que el ferry va atravesando y dejando a su paso. Una pena que el día también amaneciera nublado. Parábamos durante un rato en varios pueblos, como Split o Korcula. Ya sobre las 4 de la tarde, un poco cansadas de tantas horas de barco, llegábamos por fin a Dubrovnik, también conocida como reza el título de esta entrada.
Cuando el ferry atraca en el muelle se siente uno como si viniera de un viaje de muchos años o como si fueras un famoso: el muelle se llena, literalmente, de gente que ofrece alojamiento en sus casas y te abordan a la salida. Tienes que abrirte paso entre esa marabunta de gente y voces mostrándote carteles con los precios de habitaciones. Si llegamos a saber eso, a lo mejor no hubiéramos reservado una habitación antes, porque así segurísimo que no te quedas tirado y puedes encontrar algo a muy buen precio teniendo a la competencia delante. Pero tampoco se sabe cómo de lejos puede estar la casa de los anfitriones.
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| pasando por Korcula |
Teníamos un mapa que ya traíamos imprimido desde casa, pero claro...en él no se ven las miles de cuesta que tiene este pueblo. Para buscar nuestro alojamiento nos perdimos un poco entre cuestas, escaleritas y caminos de tierra, pero al final siempre se da con la tecla. Pensábamos que sería un albergue, pero era una casa familiar, donde nos tenían preparada una habitación para las dos con unas vistas espectaculares. La anfitriona, una mujer muy agradable que apenas hablaba inglés pero se esforzaba por hacerse entender, nos recibió con una bebida y unas galletas. Que hagan sentirte como en casa en un lugar como este es un deleite.
Después de la ducha, de la que salimos de nuevo siendo personas, bajamos al pueblo para aprovechar lo poco que ya quedaba de luz del día. Aunque Dubrovnik es muy pequeño y se ve en un rato, merece la pena quedarse por aquí un par de días (nosotras sólo teníamos horas) para relajarse, disfrutar del sosiego del mar adriático y de un país que aún no está explotado turísticamente. Ya sólo por visitar la ciudad interior de la pequeña fortaleza medieval a pie de mar merece la pena llegar hasta esta esquina: entramado de callejuelas, plazas y edificios (en algunos puntos es todo de mármol) de estilo medieval, renacentista y barroco.
Como dos señoras, fuimos a cenar a una zona bastante animada (aunque más animadas acabamos nosotras después de la brillante idea de pedirnos una botella de vino), con el subsecuente paseo nocturno bajo la brisa veraniega del mar.




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