Foto: Puente de Carlos, Praga (República Checa)

Día 7: Gdansk, con olor a Báltico

Después de una merecida noche de sueño profundo, nos levantamos a buena hora. Gdansk, ciudad portuaria y desembocadura del Vístula, es para pasear con tranquilidad y disfrutar de sus calles, la Vía Real, su muelle, la grúa medieval más grande de Europa...Cuanto más temprano pueda ser, mejor. Si no...lo de siempre: las masas de turistas. Merece mucho la pena desviar la ruta hasta aquí.
 
 
 
Después del reconfortante recorrido, teníamos ganas de pisar la playa y comprobar cómo de fría estaría el agua del Báltico, así que nos cogimos un tren hasta Gdynia, muy cerca de Gdansk (para pisar playa hay que alejarse un poco). Pero allí sólo hay puertos, así que nos volvimos a la estación y en un mapa miramos dónde podía haber alguna playita y volvimos un poco hacia atrás, hasta Orlowo, que pertenece a Gdynia. Esta decisión improvisada no decepcionó para nada, nos encontramos con la sorpresa de una playa casi tropical, limpia, vacía, con cisnes en el mar y una reserva natural alrededor. Agua aceptable y sol, y para colmo nos quisimos pegar un homenaje yendo a comer a la terracita de un restaurante en la misma playa, con vistas al mar, y que nos salió por nada y menos un almuerzo abundante y de calidad, con pescado fresco, ensaladita...Vamos, ¡que triunfamos como Los Chichos! El sitio se llama Tawerna Orlowska, en la calle Orlowska, muy cerca del muelle (en la web hay un mapita, y si no por el google también se encuentra).
 

 
Luego aprovechamos parte de la tarde en pasear por la playa y las zonas verdes de alrededor. Nos despedimos del mar, ya que sería la última vez que lo veríamos hasta que llegáramos a Croacia, y nos fuimos para la estación, que hoy tocaba otra noche de tren.
 

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