Foto: Puente de Carlos, Praga (República Checa)

Día 2: descubriendo Bratislava

Con las pilas recargadas y con muchas ganas de comenzar a patear las calles, nos levantamos a las 7 de la mañana. Con nuestro mapita y dando un tranquilo paseo tempranero, llegamos al casco antiguo de Bratislava. Nos llevamos una grata sorpresa con esta ciudad ya que, producto de mi ignorancia, me la imaginaba en peores condiciones y sin los encantos que tiene. Se ve en poco tiempo...sobre las 11 ya estábamos en el Castillo de Bratislava después de haber visto el resto. Este castillo ofrece muy buenas vistas: a la izquierda se puede divisar desde las alturas una vista panorámica del casco antiguo; en frente el simbólico puente de Novy Most que accede a la zona más moderna de la ciudad, inundada de bloques de pisos, y a la derecha la zona más salvaje: kilómetros y kilómetros de bosque divididos por el Danubio.



 

Pero todavía nos quedaba una última visita, la mejor para mi gusto: el Castillo de Devin. Está situado a las afueras, pero no muy lejos, a una media hora en autobús si no me falla la memoria. Mientras esperábamos el bus nos sentamos en un banco donde Carmen aprovechó para hacer un amago de siesta (lo que es peligroso, porque siempre puede haber alguna amiga perruna que haga foto para que ese momento indigente quede para la posteridad). Por fin llegamos ya al susodicho castillo, situado sobre una colina, bastante derruido, pero es que ya tiene sus añitos...Es un castillo romano que Napoleón se encargó de destruirlo un poco (siempre tiene que haber algún tocapelotas en todos lados y en todas épocas). Pero sin duda las vistas que tiene son fantásticas. Mirando hacia el sur se puede divisar Bratislava a lo lejos, y en un día claro se puede ver hasta Viena al este. A pies del castillo se encuentra justo el punto donde se unen los ríos Danubio y el Morava. Y todo esto, por supuesto, rodeado de bosque y verde por los cuatro costados. Las fotos hablan por sí solas.
 
 

Después de pasar allí un buen rato contemplando aquella vista, nos volvimos a la capital a echar gasolina al cuerpo y de camino al albergue para recoger las mochilas, ya con la mente puesta en que en pocas horas teníamos que coger un tren hacia la República Checa, el primer tren que estrenaría nuestro preciado billete de Interrail que con tanto amor guardábamos en un plastiquito para que se conservaba (que feo quedó el pobre al final...con tantos sellitos y manoseo). De camino a la estación de tren fuimos viendo cosas que nos caían de paso, como el parlamento o el teatro nacional. Al llegar al fin a la estación, el objetivo era coger un tren desde Bratislava hasta Brno (República Checa), y luego otro tren para Telč, un pueblecito muy chico del que hablaré en el siguiente capítulo. Para empezar, el horario que teníamos previsto ya se descuadró. El tren venía con retraso, pero eso es una cosa con la que siempre hay que contar y no es ni mucho menos lo peor que puede pasar... Quién nos iba a decir a nosotras, que este día, emocionadas por estrenar el billete, se convertiría en una auténtica odisea, la noche de no pegar ojo, el amanecer en "la estación de la muerte"...


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